Cuando el Mensajero de Allah (ﷺ) se ponía de pie para ofrecer una oración voluntaria, decía: «Allahu Akbar Wajahtu wajhi lilladhi fataras-samawatiwal-arda hanifan muslim wa ma ana minal-mushrikin. Inna salati wa nusuki wa mahyaya wa mamati lillahi rabil-alamin, la sharika lahu, wa bidhalika umirtu wa ana awwalul-muslimin. Allahumma antal-maliku la ilaha illa anta subhanaka wa bihamdik (Allah es el Más Grande). En verdad, he vuelto mi rostro hacia Aquel que creó los cielos y la Tierra hanifa (no adorando sino solo a Allah), como musulmán, y no soy de los idólatras. En verdad, mi oración, mi sacrificio, mi vida y mi muerte son para Alá, el Señor de todo lo que existe. No tiene pareja. Esto es lo que se me ha ordenado, y soy el primero de los musulmanes. Oh Alá, Tú eres el Soberano y no hay nadie digno de adoración excepto Tú. Gloria y alabanza sean a Ti)». Luego recitaba.